Licantropía, literatura, cine, juegos de rol… y otros delirios

Hacia costas españolas

Mientras trataba de convencer a los editores de la publicación de un suplemento regional para el juego de rol Aquelarre (cuyo texto necesitaba un buen lavado de cara), me ofrecieron la posibilidad de colaborar en otro suplemento que estaban preparando para “irme dando a conocer”. Ni que decir tiene que ni siquiera me lo anduve pensando… Pocas semanas después (para desgracia de unos y alegría de otros) la editorial quebró y el texto quedó inédito, así que supongo que ya da igual si lo publico aquí.

Como puede comprobarse, mi estilo narrativo por aquel entonces (y aún en la actualidad) era un tanto desaliñado, pero ya comenzaba a apuntar maneras y a definir mi propio modo de escribir.


Hacia costas españolas

Zarpamos del puerto de Cuba haría apenas unas horas, alrededor de media tarde. Al cabo de un rato, y –juraría yo- bastante antes de lo que debiera, cayó noche cerrada sobre nuestros navíos. Todo alrededor eran barcos y agua (y sólo sabe Dios qué nos aguardaría bajo sus olas), babor y estribor eran apenas sombras de navíos bélicos, y otras decenas cargados con buenas riquezas, en alguna parte a cierta distancia y a buen resguardo tras la popa de la embarcación que bajo mis pies se mecía como una cuna; agrupados estábamos en la piña que alguien viniera a llamar “Gran Flota de la Plata”.

Ignoro cuándo se avecinó la bruma que por entones ya se arremolinaba en torno a mis tobillos, que por seguridad bien me avine a controlar con los ojos, pero nada bueno aquello presagiaba. Si antes el siseo vaporoso del mar encrespado zumbaba en mis oídos y las formas titánicas de los barcos llenaban mis ojos, ahora bien que se escondieron ambos, y fe doy que o bien desaparecieron como el aire o bien aquella niebla que por segundos se espesaba y se crecía todo lo tragó.

Apenas advertí que la niebla se había ya cebado con todo mi barco cuando de pronto ésta pareció disiparse en cierto modo para revelar un extraño navío que en nada se asemejaba a los nuestros.

Galeón
Arrimando con lenta parsimonia nuestro bajel al otro –por si alguna noticia pudiera provenir de él- llegué a advertir, pero no tarde, gracias doy al Cielo, que aquel permanecía deshabitado y limpio excepto por un sinfín de cadáveres y sangre negruzca cubriendo toda la cubierta. Rotas y ajadas, las banderas pudieron, pese a todo, revelar que aquel era un navío de la vecina Portugal, aunque cualesquiera que fuesen las razones que a estas aguas lo trajeran, mi conocimiento no alcanza a cubrir. No puedo sino acogerme al Altísimo y rezar porque el nuestro no corra la misma suerte que aquel barco maldito, más ahora que la niebla parece estar disipándose.

Horror que mis ojos viesen entonces nunca antes ni tampoco después contemplaron. Avanzando ahora como a trompicones, pudo nuestro barco (temo decir que azuzado por una fuerza incontenible) aproximarse lo suficiente a aquel cadáver de madera para advertir que se trataba de un auténtico campo de batalla… o, para hacer mayor honor a su presencia, un cementerio de tablones y vigas. Aquellos hombres que, supuse por su raída y mugrienta vestimenta hecha jirones, eran los difuntos marinos del navío, habían sido vaciados de toda víscera. Abiertos en canal desde el esternón, o incluso desde la garganta, hasta casi las ingles, mostraban un vacuo interior libre incluso de cerebro u ojos (aparecían sus seseras cortadas en torno a la coronilla). Deseé fervientemente no topar con el hombre o criatura que causó aquello.

Al tiempo que trataba de apartar la vista de aquellas formas vacías de todo órgano viviente, pareciera que mis ojos les hubiesen devuelto la vida… pues, ante un pasmoso pavor que hacía temblar mis piernas, la sangre comenzó de nuevo a manar de sus cuerpos abiertos que ahora se levantaban sobre las piernas empapadas de agua y fluido vital, derramando más líquido del que podrían jamás albergar.

Pareciera que hubiesen advertido nuestro rumbo cerca de su barco –pese a que sus cuencas oculares no mostraban ojo alguno-, pues vi a aquellos hombres (si tal designación podía aplicarse a tan abominables criaturas) aferrar sus armas y empuñar garfios y sables, y tornar rumbo hacia nosotros aquella embarcación que surcaba las aguas sin susurro alguno, sin acariciar siquiera el agua, como navegando en la propia niebla. Por otra parte, nuestro propio barco permanecía quieto e inamovible, como en una sobrenatural calma chicha, incapaz de apartarse o alejarse de aquel horror.

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