Licantropía, literatura, cine, juegos de rol… y otros delirios

El hijo del dragón

Fue mi primer intento de narrar un relato corto de fantasía, escrito, si la memoria no me falla hará cerca de una década. Salvo un par de verbos cambiados y algún adverbio, he mantenido el texto tal y como fue escrito originalmente. Visto con perspectiva, resulta demasiado simplón y poco pretencioso… pero por algo se empieza y lo que sigue corresponde a mis comienzos literarios.


El hijo del dragón

Un intenso olor a muerte, podredumbre y fuego podía husmearse si uno se acercaba lo suficiente a la villa. Sin duda alguna, los Señores de la Guerra habían arrasado el poblado. Patéticos humanos. Sólo pensando en matarse entre sí y exterminar a las demás razas. Todo era quietud y silencio, con la única excepción del crepitar del fuego.

Pero una visión atrajo la mirada del leviatán. A pesar de su buena vista, tuvo que descender a echar un vistazo, pues la curiosidad pudo con él. Era una hembra, una vulgar mortal. Sí, y advirtió su presencia. Le llamaba con gestos patéticos. Estaba moribunda y no tardaría mucho en encontrarse en brazos de la Parca.

El humo le irritaba los ojos y la ceniza manchaba sus escamas, pero tenía curiosidad por saber qué quería de él la humana. No, no se la comería, como esos bárbaros pensaban que hacían los de su raza… cuando aún quedaba alguno vivo, algún otro dragón más aparte de él. Era una raza noble, de antigua estirpe, y magnánima inteligencia. Vulgares mortales. Cuánto hablaban sin conocer, cuánto presumían sin tener.

Posándose cerca de la mujer malherida, agachó la testa, pues ella apenas tenía fuerzas para hablar en susurros. Parecía asustada, pero el dragón la instó a hablar.

– Ayú… dame… por… favor… –extendió los brazos para mostrar algo de lo que no se había percatado el dragón, apenas un pequeño bulto entre sus dedos temblorosos-. Cuida… de mi… hijo… te lo… suplico.

El leviatán miró extrañado a la mortal, elevando con desdén la regia testa. ¡Pero qué se había pensado! ¿Cuidar de un humano? ¿De uno de aquellos que tantos males había causado a su raza, que tantos de sus hermanos había matado? Tenía coraje para pedirle algo así. Mucho más valor que otros varones que llegó a conocer. Pero algo así era imposible. No, jamás aceptaría cuidar de un humano, sabiendo además que crecería, y que podría matarle… Aquella mujer era una ilusa.

Pero entonces la miró a los ojos. Estaban llenos de lágrimas. Revelaban temor, deseaban ayuda… No suplicaban clemencia por ella, sino por su hijo… Ella moriría, pero a su hijo aún le quedaban esperanzas.
El gran corazón del dragón pareció que dejaba de palpitar durante unos momentos, y su alma se llenó de profundo respeto. Así que no todos los humanos eran malvados. Así pues, había personas que se preocupaban por los demás… El enorme reptil sintió escozor en los ojos; y pensó que seguramente se trataba de las cenizas y el humo. Abrió las fauces para replicar, pero no pudo. Algo en su interior le impidió hacerlo.

– Cuida… de él… Es sólo… un bebé… por favor…

El dragón notó una gran rabia en su interior, un enorme dolor y tuvo que parpadear durante unos instantes. Tomó a la criatura, que no paraba de llorar y gimotear, con una de sus garras, procurando no lastimarle, y asintió con la cabeza.

– Prome… te… que le… cuidarás…

Una promesa era algo importante, digno de tener en cuenta. Los Dragones no tomaban tan a la ligera los juramentos como hacían los humanos, pues eran seres nobles. Pero sintió de nuevo la rabia en su interior, algo instándole a responder.

– Yo… Lo… lo prometo.

– Gra… cias…

Por fin, la mujer se desplomó y el dragón echó a volar, con inusitada presteza, como nunca antes lo había hecho. Apretó los dientes, pues se sentía furioso consigo mismo, con los humanos, con el mundo, con todo.
Abriendo las fauces, profirió un temible chillido, como nunca antes se había oído sobre la faz de la tierra y nunca se volvería a escuchar, pero en el viaje a sus dominios se ocupó de no lastimar a la criatura que llevaba en sus garras.


E
l joven corría tras el dragón, intentando en vano alcanzarle, pues sabía que era imposible. Aunque, a pesar de ello, pasó algún tiempo antes de que se diera por vencido y se apoyara en el tocón de un árbol a reponer fuerzas.

– ¿Ya te has cansado? –rió el dragón-. Vamos, no aguantas nada.

– Espera… –el chico jadeaba por el esfuerzo- a que… te coja…

Se deshizo de la camisa blanca, empapada en sudor, desechándola junto a las raíces de un anciano roble; y echó a correr de nuevo.

– ¡Te estaré esperando en el lago! –desafió al reptil, y echó a correr de nuevo-.

– ¡Veremos quién espera a quién! -rió con fuerza y comenzó a volar, despacio, cerca del suelo. Cuando al fin llegó a su destino, habló-. ¿Qué te dije? Te cansas demasiado pronto para mí -se introdujo en el agua para refrescarse-.

– No es que esté cansado… Es sólo que… –el joven se tumbó sobre la hierba, con la cara sobre el lago-. Comienzan a aburrirme estos juegos. ¿Por qué no hacemos otra cosa, padre?

El dragón suspiró profundamente, meditando las palabras de aquel a quien llamaba hijo. Bebió unos tragos de agua, y dijo, con actitud triste y seria:

– Deberías marcharte pronto… Hay otros como tú, en alguna parte. Yo ya soy viejo y no tengo mucho más que enseñarte… ni que aprender. Deberías marchar.

– Pero, ¿por qué? Yo estoy muy bien aquí, contigo. ¡No quiero irme! ¿Y por qué siempre hablas de “otros como yo”? ¿Por qué somos tan diferentes, padre?

– ¡Basta! Haces demasiadas preguntas, y yo… yo… –ladeó la cabeza y tomó impulso para ascender-. ¡Déjame solo un rato! Necesito pensar –terminó el leviatán, elevándose alto en los cielos-.

– ¡Espera! ¡Quiero hablar contigo! Tengo tanto que preguntarte, tantas cosas que aprender…

Pero el leviatán ya se hallaba lejos, volando pensativo.


E
ra noche entrada cuando el reptil volvió, y el humano estaba fuera de la gruta que les servía de refugio. Esperaba impaciente el regreso de su progenitor.

– ¿Aún estás aquí? ¿No podías dormir acaso? –el joven miró al dragón a los ojos-.

– Necesito hablar contigo… Y no te vayas, por favor –el leviatán cerró los ojos. De nuevo oía esas palabras-. Siempre me has hablado de mi madre… ¿Por qué no me cuentas más sobre ella? ¿Dónde está? ¿Por qué no puedo verla?

– ¡Basta, basta! ¡No me atormentes más con esas preguntas!

– Pues contéstame. Tan sólo quiero respuestas… ¿Tanto pido?

– Tu madre… –abrió los ojos y miró a las estrellas, en busca de una buena respuesta que dar-. Sí. Tu madre era magnífica. Pero tuvo que marchar, a un lugar muy distante, lejos de aquí. Algún día, cuando menos lo esperes, volverás a verla.

– ¡Pero yo quiero saber cómo era! ¿No hay ningún dibujo… alguna pintura… o algo que la represente?

El reptil miraba pensativamente las estrellas en el cielo, hermosos adornos en medio de la oscuridad, luz entre tinieblas, esperanza entre la desesperación…

– Si algún día… quieres… –le costaba trabajo articular las palabras, aunque no sabía por qué-. recordar a… tu madre… tan sólo tienes que… mirar al cielo y… fijarte en esa estrella que tanto brilla, pues esa es tu madre… Así era ella, brillante y esplendorosa…

No pudo continuar, y notó cómo las lágrimas surgían de sus ojos; al igual que el humano. Y ambos contemplaban en silencio un majestuoso astro, la Estrella Polar; una maravilla entre otras, pero que resplandecía con más brillo que las demás…


N
o habían hablado desde hacía dos noches, tal vez tres. Fue el muchacho quien se decidió a romper el silencio.

– Creo que… deberíamos irnos…

El dragón asintió en silencio. Se agachó para que el joven pudiera trepar a su lomo.

– ¿Crees que estás preparado?

– Sí… supongo que sí.

Nuevamente asintió el dragón, y emprendió el vuelo.

Aquella noche, los habitantes de las villas cercanas creyeron contemplar un milagro. Una majestuosa figura surcaba los cielos en silencio, con la luna a su espalda. Al parecer, otra criatura se hallaba sobre su espalda. Eran los últimos de dos bellas razas, un magnífico dragón y un hombre de corazón puro; los últimos representantes terrenales de dos ancestrales familias, cuyos nombres se perdían en el inicio de los tiempos. Dos almas unidas, en un viaje hacia alguna parte, en algún recóndito lugar jamás hallado por hombre o dios alguno.

¿Llegarían alguna vez a su destino? Los Dioses así lo quisieran. ¿Hallarían dificultades en su viaje? Tal vez. Pero los obstáculos siempre pueden superarse. ¿Serían recordados por alguien, en alguna ocasión? A nadie le importaba ya eso.

Tan sólo se sabe que hace mucho, mucho tiempo, dos seres surcaron los cielos en busca de algo, más allá de los sueños, allende la imaginación humana osa llegar. Y tal vez alcanzaran su meta, o tal vez no. Pero lo que sí es seguro, es que su esfuerzo se vería recompensado en forma alguna, pues ninguna búsqueda resulta vana si la fe y la esperanza acompañan el viaje…

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4 comentarios

  1. Este cuento aunque es demasiado medieval para mi gusto por alguna extraña razón me esforse y lo leí hasta el final tal vez esperaba algo más de sangre por como empezó pero es un buen cuento siendo que fue tu primer intento y hace diez años mmm creo que yo en ese tiempo jugaba a las bolitas xD ojalá yo ahora tuviera la calidad que tu tenías en ese antonces mmm eso no más saludos

    16/01/2009 en 02:44

    • Tengo algunas historias de tono sangriento (más bien diría que gore y con cierto humor negro), pero esas llegaron al cabo de unos años. Los primeros textos que escribí eran bastante más “ligeros”, por decirlo de alguna manera.

      Por lo demás no creo que sea para tanto, simplemente es cuestión de escribir tanto como se te ocurra y leer cada vez que tengas ocasión, siempre se acabará quedando alguna referencia o algún pasaje en el que poder inspirarte.

      Gracias por el comentario. 🙂

      21/01/2009 en 22:21

  2. Hermoso cuento. Me recuerda a corazón de dragón. Me gustaría que continúes la historia. Saludos. Te va hacer algo juntos?

    23/02/2009 en 14:25

    • ¿Te refieres a la película? Sí, es una bonita historia en general mal valorada y algo olvidada, a mi entender.

      Nunca he tenido planes para continuar este cuento, pero quién sabe, quizá algún día se me ocurra alguna forma de continuarla.

      Gracias por el comentario. 🙂

      23/02/2009 en 21:57

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