Licantropía, literatura, cine, juegos de rol… y otros delirios

El Pantano de las Brumas

Este fue mi tercer relato fantástico, pero el primero ambientado en Äêmallaën… cuando aún ni siquiera había comenzado a esbozar los primeros borradores de mi mundo. También fue mi primer acercamiento a una fantasía más madura y oscura, con un tono quizá menos amargo que otros textos que escribí anteriormente pero más encaminado a la literatura de suspense o de terror.

Narrado como una vivencia en primera persona, se me antoja ahora de un estilo quizá demasiado cargado, al pretender dejar a un lado el contenido y centrarme casi por completo en la forma.


El Pantano de las Brumas

Fuegos fatuos, tenues destellos de luz esporádica brillaban lúgubremente por entre la densa oscuridad que se cernía sobre el pantano, alumbrando aquí y acullá, asemejando un fúnebre rescoldo de hoguera que lucha por no extinguirse, por alargar durante unos valiosos instantes su corta vida.

Los negros árboles, de troncos oscuros y retorcidos, consumidos acaso por un fuego falto de todo calor, por llamaradas feroces y guturales, permanecían agazapados como bestias al acecho; alargando sus malhadadas raíces entre el fango cenagoso que, igual que cadenas, apresaba mis tobillos. Y las bullentes brumas que daban nombre a aquel lugar se retorcían y serpenteaban, girando en vertiginosa espiral ante mi paso cansino.

Salvo yo mismo, los negros árboles y algunos insectos (¿quizá también la bruma tenía vida propia?), ningún ser viviente se había aventurado por aquel paraje siniestro y maldito.

Recuerdo que era noche cerrada, sin estrellas ni lunas que guiasen mi camino, el triste y solitario sendero que venía siguiendo tiempo atrás. Que a mi alrededor se cernía amenazadora aquella neblina muerta, blanquecina, densa y espesa que parecía agitarse, retorcerse con vida propia, en trémulas nubes de humo lechoso. Y que, como señales de un destino a seguir, algunas luciérnagas zumbaban en silencio, perdidas en la noche; tan perdidas, probablemente, como yo.

Jadeando por el miedo y el cansancio, giraba constantemente sobre mis talones, en busca de cualquier rastro de peligro; con la espada enarbolada. Sí, jadeaba de miedo; pues las sombras giraban y se enredaban a mi alrededor, parejos al tejido sedoso de una telaraña, cuyo viscoso tacto acariciaba lujuriosamente mi piel blanquecina.

Ojos rojos, infernales cuevas del Averno, ocultas entre la escasa y podrida vegetación del tenebroso paisaje, contemplaban en silencio mis forzados movimientos. El miedo y el horror atenazaban mi ya de por sí desolado corazón, que se agitaba apresuradamente en el pecho; pareciendo ser una fiera temerosa de todo cuanto la rodea, incluso de sí misma.

Tragando saliva repetidamente, pugnaba por sobreponerme al cansancio que padecía, tras cerca de una semana sin probar bocado (pues había perdido mi mochila con provisiones tras huir de la bestia que me acechaba) y apenas dormir, de puro cansancio y terror que sentía.

Mientras recorría con la mirada el terreno ante mis pies, maldije una y otra vez a los dioses, aquellas figuras etéreas en las que no creía, por dejarme caer en aquella situación, solo y perdido en aquel maloliente y mohoso pantano.

Erizándose el vello de mis brazos al escuchar a los lobos en la lejanía, me detuve un momento para buscar instintivamente las lunas en el cielo, pugnando en vano, por captar con mis ojos un mero destello de luz.

Abstraído en mis pensamientos, proseguí con mi caminata, entrecerrando los ojos para vislumbrar mejor entre aquella densa neblina, mientras procuraba calmar mi acelerado corazón. Y, abstraído en mis pensamientos, tardé en darme cuenta de que había metido la pierna en un charco fangoso, cuya abominable sustancia parecía rodear mi miembro, pretendiendo acaso ser un insustancial predador que quisiera acapararme para sí.

Farfullando un juramento, tensé los músculos para sacar la pierna como buenamente pude. Y, ay de mí, que mientras lo hacía, fijé la vista en el agua pantanosa, que, no muchos metros más allá, rodeándome por los cuatro costados, se cernía como terror oculto entre sombras. Pues jamás olvidaré el horror de lo que vi aquel día, oculto entre el fango: labios suplicantes, torcidos en muecas de puro temor y dolor, caras pálidas, verduscas y arrugadas, atormentados ojos profundos, de mirada intensa y penetrante, clavados en los míos propios…

Recuerdo que al instante grité espantado, retrocedí varios pasos y tropecé torpemente, cayendo de espaldas sobre el lodo. La mano con que sostenía la espada se abrió espasmódicamente, y el filo cayó al suelo.

Las sombras entonces parecieron crecer y aumentar, elevándose y retorciéndose en un baile dantesco y fúnebre, cerniéndose sobre mí; burlándose con muecas simiescas; y tanto a mi alrededor cómo dentro de mi propia cabeza podía escuchar gruñidos y alaridos y gritos que no transmitían más que miles de emociones pérfidas.

Me incorporé como buenamente pude, cubierto completamente de fango y eché a correr cual si fuese un furioso demonio; dejando tras de mí el arma, hundiéndose en el lodo entre chapoteos y burbujeos. ¿Quizá un funesto recordatorio del destino que allí había acogido a otros antes de mí?

Cada vez que tropezaba (y, cegado por el miedo, lo hacía constantemente), volvía a incorporarme torpemente, fatigado y exhausto como estaba, con el cuerpo dolorido y atormentado, y proseguía mi alocada carrera, alejándome de aquella locura con cada paso que cada… o quizá adentrándome aún más.

Corrí y corrí y corrí sin descanso, durante lo que se me antojaron días enteros, luchando por escapar de aquel horror, por despertar de aquella feroz pesadilla; mientras la bruma susurraba y un viento inexistente gemía y las sombras me acariciaban con sus dedos trémulos y el lodo chapoteaba bajo mis pies, salpicando mi ser aquella sustancia espesa y pegajosa…

Tropecé por enésima vez, aunque en esta ocasión no caí sobre fango húmedo y lodo cenagoso, sino que rodé por el suelo durante un largo trecho; quizá empujado por quién sabe qué oscuras fuerzas. Al fin me detuve, los ojos cerrados, el cuerpo magullado por incontables cortes y heridas, la garganta seca como si hubiese tragado arena y el corazón en el pecho a punto de estallar.

Sintiendo un halo de luz y calor en los ojos cerrados, parpadeé varias veces, hasta corroborar que me encontraba bajo un sol de justicia. En efecto, relucía igual que una gema el astro rey en el cielo, azul, claro, limpio y sin nubes.

Con un quedo gemido, volví la cabeza hacia un lado, tratando de vislumbrar algo más del lugar en que me hallaba. ¿Hierba? Me volví, completamente intrigado ante lo que, sin duda alguna, era un inexplicable misterio. A pesar de que la cabeza me daba vueltas, ignoré cualquier dolor, apretando fuertemente los dientes, hasta conseguir incorporarme, fuertemente mareado.

– ¿Pero qué demonios…? –conseguí farfullar, aunque mi voz sonó cascada, forzada, más ronca que de costumbre-.

Comprobé que me hallaba en medio de un prado, de hierba verde y suave. A mi derecha se dibujaba un bosque de altos árboles, tan apretados entre sí, que daban la impresión de ser amantes entrelazados en un abrazo.

Podía escuchar el viento ulular, suave y pretencioso… y el alegre correr del agua en algún riachuelo a mi espalda. ¡Agua! Rápidamente di media vuelta, pero mis pies se trabaron y caí de bruces, por enésima vez en aquel maldito día.

Conseguí arrastrarme trabajosamente hacia el líquido cristalino, cuyo relucir acerado ya conseguía vislumbrar, y no mucho después, enterré la cabeza en la refrescante agua.

Luego me volví, quedando tumbado en la hierba, el rojo sol dándome de lleno en los ojos. Demasiado fatigado, dejé atrás mis miedos y temores, y no tardé mucho en caer dormido de puro cansancio.


D
esperté temprano al día siguiente. El astro rey asomaba tímidamente tras el horizonte lejano y el cielo brillaba en un azul oscuro, pareciendo desperezarse aún de la noche, si bien aclaraba levemente su color en aquellas zonas más próximas al sol.

Aún con el cuerpo dolorido y cansado, y pesar de que había perdido la espada y sería una presa fácil, anduve por los alrededores de aquel paisaje extraño, buscando incansable el pantano, durante algunos días.

Me alimentaba con frutos y raíces que encontraba en los arbustos y plantas junto al camino, un sendero limpio de hierba cuyo aspecto cuidado y surcado por ruedas revelaba que había sido horadado bajo la mano del hombre.

Y bien saben los dioses que no hallé a divisar siquiera un atisbo de aquello que buscaba, por mucho que me esmeré. Por tanto, abandoné al fin mi infructuosa búsqueda y continué caminando solo hasta cruzarme con un carromato; cuyo gentil conductor me permitió unirme a él en su recorrido.

Así pues, proseguí mis viajes con mi habitual ensimismamiento… aunque, mientras el carro se alejaba, inundando el silencio del día con el ominoso traqueteo de las ruedas, pude vislumbrar en la distancia algunos destellos, brillos tenues y de luz esporádica…

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