Licantropía, literatura, cine, juegos de rol… y otros delirios

Tariki, hija de los tauren

Esta es la biografía de uno mis personajes de World of Warcraft, una guerrera tauren. Se supone que iba a publicarlo como mensaje de presentación para un clan de lo más acogedor, pero como acabé por aburrirme del juego poco después de unirme a ellos, no llegué a terminarla hasta que la reencontré perdida en el disco duro.

Ciertamente la historia es bastante tópica y ni siquiera está bien escrita, pero aún así me gustó como trasfondo para mi “vaca” y me gustó el planteamiento dado.


Tariki, hija de los tauren

Cierto es que soy joven y aún carezco de la sabiduría que poseen los ancianos.  Pero incluso a mi joven edad he aprendido dolorosas lecciones –sobre la guerra. La guerra nunca cambia. No hay honor en ella, sólo el sufrimiento de los inocentes y la codicia de los caciques. Nosotros los Shu’Halo amamos la vida, y la guerra es la antítesis de la vida…

Solíamos vivir al suroeste de Los Baldíos, cerca del Campamento Taurajo, hace mucho tiempo. Y éramos felices y pacíficos, viviendo en armonía con las bestias y la naturaleza de nuestro entorno.

Papá era un fuerte herrero, que solía hablarme sobre el hierro y el cobre y todos aquellos maravillosos minerales. No era tan experto como los Furiatótem, pero desde luego trabajaba duro, dando lo mejor de sí.

Mamá era una diestra cazadora. De ella aprendí sobre la Madre Tierra, y por qué debemos matar para sobrevivir y no por cruel deleite.

Y, naturalmente, estaba la pequeña Zhacha, mi querida hermana pequeña. Ella era una pequeña y adorable criatura llena de vida e inocencia. Ay, pobre Zhacha…


U
n día, mamá y papá fueron a cazar bestias, como de costumbre. Pasó algún tiempo, llegó la noche y ellos no volvieron. Dejé a Zhacha dormida, probablemente soñando con cosas hermosas, y fui a buscar a nuestros padres. Y no mucho después, los encontré –y, ¡ay!, cómo desearía no haberlo hecho, porque todo lo que quedaba de ellos era un par de cuerpos sanguinolentos.

Al examinar sus cadáveres, me di cuenta de que no habían sido asesinados por una bestia salvaje, sino por algún tipo de humanoides… de hecho, al echar un vistazo alrededor encontré algunas armas rotas de pequeño tamaño. Se me vinieron a la mente los centauros o quizá los jabaespines que pululan por nuestra tierra, pero me di cuenta de que esas armas estaban demasiado bien hechas para ser suyas… justo en ese momento escuché el trueno y de repente lo entendí.

Al sureste de nuestro antiguo hogar hay un asentamiento de hombres pequeños conocidos simplemente como enanos, que día y noche horadan nuestra tierra sagrada con fuego y trueno. Hace algún tiempo, nuestros ancestros solían vivir cerca de aquel lugar pero entablaron una guerra con aquellos llamados enanos, y tuvimos que ir hacia el norte. Mataron a muchos de nuestros ancestros, y sin duda alguna, fueron ellos quienes mataron a mis padres…


N
o había nada que pudiese hacer en ese momento, así que pasé algún tiempo sepultando sus cuerpos bajo piedras, para que los carroñeros no los profanasen. Y luego volví a casa, sintiendo una pesada carga creciendo en mi interior. Cuando llegué, mi hermana aún dormía profundamente, tranquila y plácidamente, desconociendo la desgracia.

Pobre Zhacha, ella no podía entenderlo, era demasiado pequeña para ello. Desde aquella mañana, cada día me miraba con sus ojos grandes y brillantes, y me preguntaba cuándo volverían papá y mamá con nosotras, y en cada ocasión todo lo que podía responder era que volveríamos a encontrarnos con ellos algún día… ni siquiera podía añadir que tendríamos que esperar hasta otra vida.

Habiendo desaparecido mis padres, tuve que aprender y perfeccionar mi habilidad con la caza y el manejo de armas por mí misma, para poder cuidar de mi hermana y de mí, y así lograr sobrevivir en las severas tierras de Los Baldíos. Y así, pasó algún tiempo…


L
a lluvia es casi desconocida en nuestra tierra, al igual que el trueno. Pero Zhacha adoraba el trueno, y se mostraba realmente fascinada cada vez que el fuego invocado por los enanos arrancaba rocas de la montaña, llorando la propia tierra de dolor y pena como el rugido mismo de la tormenta.

Ay, menuda ironía que el destino de mi hermana no fuese otro que el mismo que ya corriesen nuestros padres: yacer muerta bajo las piedras… Ya que una mañana, mientras me hallaba en pos de alguna presa, ignoró mi consejo de quedarse en la seguridad del hogar y fue hasta aquel espantoso lugar de caos.

Al volver y no encontrarla en nuestra tienda, algo dentro de mí intuyó lo que habría de encontrar allí fuera. Así fue, que tras seguir sus huellas, finalmente di con su pequeña mano sobresaliendo por entre una enorme pila de rocas horadada de la montaña.


no fue venganza ni revancha. Era –aún es- un odio feroz, una Furia intensa y ardiente que me abrasa por dentro desde aquel día. Jamás pensé que nosotros, los pacíficos Shu’Halo, pudiésemos llegar a sentir una emoción tan terrible. Pero el hecho es que ese sentimiento estalló en mi pecho y corrió por mis venas, llenándome con un feroz poder como nunca antes hubiese sentido.

Así, como si hubiese estado atrapada en un mal sueño, aferré con firmeza el hacha (que ni tan siquiera me había dado cuenta que estuviese portando) y emprendí la carga contra aquellos medio hombres como una muerte rugiente e iracunda… De este modo maté a muchos de ellos, no estoy segura de cuántos. Pero tras aquella sangrienta matanza, cuando no quedaba forma de vida alguna alrededor, tampoco había nada que sintiese en mi interior –como si estuviese fuera de mí y mi cuerpo se encontrase vacío de toda vida pero sin morir aún.

Mi voz se quebró tras gritar y proferir alaridos una vez y otra, clamando muerte. La arena que el viento portaba se clavaba en mi piel herida, pero no podría haberme importado menos. Incluso la Furia se calmó durante un tiempo, pero no desapareció por completo –de hecho, aún sigue ahí, como una bestia insatisfecha, como un ser durmiente yaciendo dentro de mi ser.


M
uertos los asesinos de mi hermana, no quedaba nada por hacer, nada que sentir –ni siquiera las heridas sangrantes que lastimaban mi cuerpo, y mi alma. Por tanto, simplemente me marché de aquel lugar que algunos llaman Bael Modan y comencé a caminar a lo largo de Los Baldíos.

Y caminé durante días o semanas o cualquiera que fuese el tiempo que transcurrió, deambulando entre seco polvo y tórrida arena.

Caminé, bajo la impasible mirada de An’she’s, bajo un manto de estrellas.

Sola y vacía por dentro, quizá esperando a que llegase mi destino, deseando encontrarme de nuevo con mis seres amados.

Caminé, simplemente caminé durante largo tiempo…


H
asta que un día, vi en el horizonte una gran aldea que se erguía a gran altura desde la tierra hasta alcanzar el lejano cielo azul. Entre aquellos edificios con forma de tienda atisbé el cuerpo alto y fornido característico de los Shu’Halo que habitaban el pueblo, y así alcancé a ver una nueva esperanza, un nuevo comienzo, gente a la que llamar familia.

Y despertando entre las montañas, por encima de las tiendas, lejos entre las estrellas vi un sol…

…un Sol Ascendente.

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