Licantropía, literatura, cine, juegos de rol… y otros delirios

Solomon Kane, historia de una redención

– El Diablo puede llevarme cuando quiera.

Solomon Kane (carátula)

Un comienzo breve aunque impactante pone en situación al espectador antes aún de comenzar los créditos de introducción: un espadachín tan sanguinario como ambicioso se abre paso a sangre y fuego en una extraña cámara donde aguarda un tesoro… junto a algo más siniestro y preternatural.

Libremente basado en otro de los personajes surgidos de la mente del genial Robert E. Howard, Solomon Kane nos transporta a la era puritana de finales del siglo XVI y principios del XVII, narrando una historia clásica en la que inevitablemente todo son innumerables elementos comunes del género. Por citar tan sólo algunos: el vengador del bien contra el despiadado señor del mal, marcas y transmutaciones físicas con un mero contacto de manos, la promesa de un rescate en el lecho de muerte, etc. En pocas palabras, una trama y escenas bastante previsibles, nada fuera de lo común. A tal fin, en cierto modo se antoja un honesto y logrado homenaje a anteriores obras del género cinematográfico, resultando una producción que, aunque mejorable tanto argumentalmente (con un mayor atrevimiento en cuanto a un guión menos visto se refiere) como en cuanto a los acabados (con ayuda de un mayor presupuesto), en cualquier caso resulta una magnífica génesis del personaje, pese a que no se asiente sobre las bases de ninguno de los relatos originales.

Y es que, al igual que en Conan el bárbaro, se reiventa el origen del personaje, a quien, mal que le pese a algunos “puritanos” (con perdón por el doble sentido) el relato que aquí se cuenta añade cierta profundidad, dado que de su pasado poco se habla en los relatos (si la memoria no me falla, en palabras del propio Howard, Solomon Kane fue su peor personaje).

Solomon Kane, captura de pantalla 2

Estas carencias argumentales de las que he hablado también se aprecian en los personajes, en quienes se echa a faltar una mayor profundidad, fallo que se suple en parte con unas interpretaciones más que eficientes, sobretodo el convincente James Purefoy, en la piel de Solomon, logrando que la ya de por sí magnífica escena de la crucifixión resulte simplemente memorable. También el doblaje al español es muy adecuado, con unas voces correctas y bien enfatizadas.

Otros puntos favorables a considerar están en el apartado artístico, en prácticamente todos sus matices. De un lado, los personajes están muy bien caracterizados y resultan acordes con la realidad de la época: mugre, suciedad y cicatrices, resignación ante la muerte, moralismo puritano y temor a lo sobrenatural. La música orquestal tiene fuerza emotiva, y la fotografía es excelente, evocadora. Así, lo escenarios exteriores son hermosos paisajes naturales de tono gótico muy acordes con el espíritu del relato. Salvando las distancias, la iluminación y el tiempo recuerdan vagamente a Blade Runner; si en aquella la noche y la lluvia son habituales, casi eternas, aquí lo son la penumbra, los cielos apagados y la nieve. Aunque hay algún atardecer, Solomon nunca llega a ver realmente la luz del sol.

También los decorados, aunque un tanto escasos y reducidos, son más que satisfactorios (se evidencian la carencia de presupuesto y el talento empleado, pese a ello): crucifixiones, hombres ahorcados en las lindes y carretas llenas de esclavos, lugares antaño sagrados y ahora abandonados por el mismo Dios, tesoros malditos, posadas de mal beber y peor iluminadas con velas… Las salas donde aguarda lo demoniaco se revisten de un aire pulp que evoca la desesperanza y el nihilismo característicos de la prosa del autor texano. No corren tan buena suerte, sin embargo, los efectos a ordenador, que destilan un cierto aire a serie B o a producción de televisión: aunque están bien diseñados, resultan poco realistas, algo que probablemente hubiese sido fácil de evitar con algunas horas más de trabajo.

Solomon Kane, captura de pantalla 1

Volviendo a Conan el bárbaro, la película comparte con la adaptación cinematográfica del cimmerio la alternancia de escenas de batalla (en este caso, más bien breves) con largos momentos de calma, si bien se sustituyen los silencios meditabundos por diálogos no menos reflexivos sobre la redención, el valor de la vida, la fe y la religión, y la moral. Hay quien ha querido ver en esto un mal montaje de la cinta, rápido a veces y lento en otros, aunque a mi entender refleja bien el tono sombrío de la película: los combates resultan cortos y directos, mientras que las escenas de sosiego son más dadas a la pausa y el diálogo. Sí es cierto que, en determinadas escenas de lucha, se abusa un poco de una excesiva frecuencia en el cambio de planos cortos.

Aunque no debe esperarse una película de acción sin tregua, las luchas recuerdan en cierto modo a la adaptación de Alatriste: con la excepción de la némesis enmascarada, momento en que la historia pide menos presteza y más drama aún sacrificando realismo, los golpes son escasos y certeros, en ocasiones brutales, sin florituras ni interminables coreografías. Fiel al estilo de Howard, el protagonista, aún comportándose como un bienhechor, está lejos de ser un paladín de moral recta y compasiva, y tiene más de antihéroe marcado por los azares del destino y la determinación a afrontar la incertidumbre del destino, de hombre hastiado que sólo se mantiene en pie por la fuerza inquebrantable de su voluntad.

En resumidas cuentas, es una producción irregular que podría haber dado más de sí y, sin embargo, resulta un entretenimiento más satisfactorio y logrado que otros títulos del género fantástico con los que tanto (y tan erróneamente) se ha cotejado, como puedan ser Van Helsing -que, dicho sea de paso, contó con un presupuesto cuatro veces superior. Película que, por cierto, ha terminado causando mucho daño a la adaptación del personaje pulp, al hacer muy habitual que espectadores y críticos definan la una y la otra como iguales, pese a que ambas tengan poco en común más allá de la estética y el elemento de terror sobrenatural. Probablemente de no haber existido la producción de Stephen Sommers, las críticas hirientes a Solomon Kane hubiesen sido mucho menos sonoras.

Otro tanto ocurre con la adaptación de Peter Jackson de El Señor de los Anillos, de la que francamente pocas semejanzas encuentro más allá de la “estética oscura”, de todas formas existente ya en otras producciones anteriores.

Solomon Kane, captura de pantalla 3

Como curiosidad, llegó a comentarse en su momento que, si la recaudación era suficiente, se rodarían un par de secuelas adaptando, esta vez sí con mayor o menor fidelidad, los relatos originales (algo que, a mi juicio, hubiese tenido más sentido en formato de serie para televisión que para la gran pantalla). Aunque vistos los injustos resultados, quedará con certeza en un proyecto nunca realizado.

Y es que, lamentablemente, Solomon Kane es una de tantas películas con mayoría de críticas favorables (resumibles en que, si bien tiene algunos defectos, se perdonan fácilmente por un buen resultado general) que, por irónico que parezca, resultaron un fracaso en taquilla. En muchos casos, hay producciones que acaban por convertirse, con el paso del tiempo, en una obra de culto si no entre la crítica, sí al menos, entre los aficionados. Y a fe mía que este título, con sus pequeñas carencias inclusive, bien merece un pequeño hueco en dicho listado.

Información técnica y más reseñas sobre Solomon Kane en IMDB.

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2 comentarios

  1. ruben

    solomon kant me parece la pelicula mas fabulosa de los ultimos tiempos..

    24/10/2010 en 02:38

    • No diría yo tanto como la que más, pero sí que es de las películas más memorables que se hayan hecho últimamente. 🙂

      01/11/2010 en 15:50

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